Un origen vasco con destino legendario
Blas de Lezo y Olavarrieta nació el 3 de febrero de 1689 en Pasajes de San Pedro, una villa costera guipuzcoana que miraba al Cantábrico con la determinación marinera propia de la región. Hijo de una familia vinculada a la pequeña nobleza y a las tradiciones navales, no tardó en vincular su destino al mar. Desde muy joven se sintió atraído por la carrera naval, y su ingreso en la Armada coincidió con uno de los grandes conflictos internacionales de su tiempo: la Guerra de Sucesión Española.
En 1701, con apenas doce años, se embarcó como guardiamarina en la flota francesa que apoyaba al pretendiente borbónico al trono español. El mar, en aquel contexto, no era solo un escenario de comercio o exploración, sino el gran teatro de la guerra. Las batallas navales eran violentas, implacables y muchas veces cuerpo a cuerpo. En ellas, Blas de Lezo comenzó a forjar su reputación, primero como un joven audaz, luego como un combatiente tenaz y, más tarde, como un estratega temido.
Heridas de guerra y apodo de “Mediohombre”
Las heridas que sufrió a lo largo de su vida militar lo convirtieron en una figura casi mítica. A los 15 años, en la batalla de Vélez-Málaga, un cañonazo le destrozó la pierna izquierda, que debió ser amputada por debajo de la rodilla. Lejos de retirarse, continuó luchando. Años más tarde, una esquirla de metralla le cegó el ojo izquierdo y, en otro enfrentamiento, una bala le inutilizó el brazo derecho. Así se ganó el sobrenombre de “Mediohombre”, con el que pasaría a la posteridad.
Lejos de verse limitado por sus múltiples discapacidades, Lezo desarrolló una personalidad todavía más férrea. Sus subordinados lo admiraban por su temple y su capacidad para comandar sin vacilar. En un mundo donde la fuerza física era esencial, él representaba el triunfo de la voluntad y la inteligencia militar sobre la adversidad corporal. Cada cicatriz que portaba no era solo un recuerdo de batalla, sino un símbolo de una vida dedicada por entero al servicio de España.
La defensa de Cartagena de Indias (1741): hazaña y victoria
La cima de su carrera —y uno de los episodios más gloriosos de la historia naval española— llegó en 1741 con la defensa de Cartagena de Indias, en el actual territorio colombiano. El Imperio británico, en plena expansión colonial, había trazado un ambicioso plan para arrebatar a España el control del Caribe. Para ello, organizó una expedición sin precedentes: 186 barcos, más de 2.000 cañones y cerca de 25.000 hombres al mando del almirante Edward Vernon.
Blas de Lezo, al frente de la plaza, contaba apenas con seis barcos, unos 3.000 hombres (entre soldados, marineros y esclavos) y la fortaleza del castillo de San Felipe de Barajas. La desproporción era evidente, pero la tenacidad de Lezo marcó la diferencia. Ordenó hundir sus propias naves para bloquear el acceso al puerto, reforzó las murallas y utilizó la topografía a su favor. Durante semanas resistió, repelió los ataques y desmoralizó al enemigo.
La batalla fue encarnizada. Las tropas británicas, agotadas por las enfermedades tropicales y la resistencia feroz, comenzaron a flaquear. Finalmente, Vernon ordenó la retirada, dejando atrás miles de muertos y una humillación histórica. Cartagena de Indias no cayó, y con ello se salvó el dominio español en América durante casi un siglo más. Fue una victoria táctica y simbólica que resonó en Europa, aunque fue silenciada durante años en los anales británicos.
Una frase atribuida: ¿mito o realidad?
En tiempos recientes, especialmente en redes sociales y medios populares, se ha difundido una frase presuntamente dicha por Lezo: “Todo buen español debería mear mirando a Inglaterra”. Esta expresión, tan contundente como provocadora, ha sido adoptada por algunos sectores como símbolo de orgullo nacional y desafío imperial. Sin embargo, desde el punto de vista histórico, no existen fuentes primarias que documenten que Blas de Lezo la haya pronunciado.
Historiadores especializados en el personaje y en el siglo XVIII coinciden en que esta cita es apócrifa. No aparece en sus cartas, ni en informes militares ni en memorias contemporáneas. La frase responde más a una invención posterior, quizás inspirada por la rivalidad entre España y el Reino Unido, que a la realidad documental. Aun así, la persistencia del mito demuestra hasta qué punto la figura de Lezo ha trascendido el plano histórico para convertirse en leyenda.
Lo cierto es que sí se conservan algunas cartas de Lezo que reflejan su ingenio, ironía y firmeza. En una de ellas, dirigida al almirante Vernon, le agradece con sarcasmo el intento de conquista: una muestra de que su personalidad era fuerte, inteligente y profundamente consciente de su papel en el tablero político-militar del momento.
Legado y memoria
Blas de Lezo murió poco después de su victoria en Cartagena, en septiembre de 1741, probablemente a causa de una infección derivada de sus heridas o de una enfermedad tropical. Durante años, su nombre fue injustamente olvidado, y solo en el siglo XX comenzó a recuperarse su memoria como uno de los grandes héroes navales de España.
Hoy en día, diversas estatuas le rinden homenaje en Cartagena, Madrid y otras ciudades. Además, la Armada española ha nombrado varios buques en su honor, entre ellos la fragata F-103 «Blas de Lezo», dotada con tecnología de última generación. Esta recuperación de su figura no solo responde a un deber de memoria, sino al reconocimiento de una de las mentes más brillantes y valientes de la historia militar española.
Su legado, sin embargo, va más allá de sus victorias. Blas de Lezo encarna la resistencia, la inteligencia estratégica y la capacidad de sobreponerse a la adversidad. En un mundo donde la gloria suele estar reservada a quienes tienen todo a su favor, él logró la inmortalidad precisamente por haberlo tenido todo en contra.